fui a salarle
la pulpa
a la montaña.
Mi abuela cultivaba las plantas más bellas y coloridas que he visto, como si las texturas pudieran contraponerse a la dureza de sus facciones.
Día a día recorríamos su jardín. El rictus facial indicaba un mutismo obligado, cegado por la luz del sol o por el viento de la tarde.
Mi abuela jamás se dobló para acariciarme; nunca descendió a mi sillita de totora, ni me miró con ojos amancebados.
Quizás por eso yo esperaba la llegada de mi madre, el olor de mi madre, la voz de mi madre, las caminatas en silencio y mi cara de pena, porque cuando ella no estaba, el jardín se llenaba de maleza, pero yo no podía decirlo.
Mi abuela jamás me miró con gratitud. guardaba recelosa las palabras para sus santos. Los vestía de vez en cuando ante mi mirada atónita y el florecimiento de uno que otro Muscaris.
Yo la veía imposibilitada de llorar y al día siguiente volver a empezar en la humedad más abierta de la carne. El gajo de sus flores hinchadas. La podredumbre ingrata de las plagas.
Mi abuela lloraba para adentro. Decía que la sal cosía las flores como un hilo de baba afuera de sus entrañas. Pensaba que los caracoles no tenían dignidad y que merecían un destino más salado que la ceguera.
Yo sabía que despuès de la muerte del padre las hijas mujeres quedan todavía más huérfanas hilachentas envenenadas pero mi abuela no me escuchaba no me decía no me llamó a su lecho de muerte para pedirme disculpas por las espinas de las rosas.
Mi abuela no me quería.
A cambio de eso, me enseñó el nombre de todas sus flores.
El cuerpo múltiple. La complejidad. La latencia en el borde de su decir. ¿Cuáles son los cuerpos de los que se habla, se dice, se recuerda? ¿De qué manera los evocadores instalan un lenguaje inherente a cada roce como secuela de su hartazgo? La repetición del concepto escapa de una definición certera, pues la imposibilidad subyace en la dificultad de encontrar sinónimos para este “algo” que nos habita y/o viceversa. Entonces, ¿dónde quedan los cuerpos aludidos, (in)visibilizados, recordados en la necesidad de decir, de marcar un territorio y generar tránsitos desde los límites de su (im)probable?
Se escribe rozando la hoja. La piel descubre una superficie helada y lisa; roja y cuadriculada para su extensión. El lápiz se amolda a la carne de los dedos. Se modifica la circulación sanguínea. También nos leemos los cuerpos. Estamos vivos. Nombramos mirando. Nos abrazamos. Nos repetimos los pasos los encuentros los besos la respiración. Sin embargo nada vuelve a ser igual.
¿Cómo un cuerpo máquina accedería a la maravilla del pestañeo si no fuera por la fragilidad posible de los costados? ¿Dónde pusimos los afectos en estas subversiones productivas, presas de aquella alienación que nos marca con el tránsito de una mercancía seriada? El cuerpo instalado en el futuro advierte sobre la posible modificación de los quisiera. Atados en la superposición de sus materiales, los cuerpos confluyen hacia las exigencias laborales, exitistas, elegantes como si propusieran un nuevo punto de partida que obstruye su desarrollo normal.
¿Qué lugar ocupa el útero materno en la constitución del nuevo cuerpo pasado/futuro? Quizás el triunfo de una sangre contenedora debería acompañar al decir y al despertar de los sentidos, pues junto con evidenciar el peso de la historia y la biografía, el cuerpo constituye una fuente de sales, humedades, óleos, colores y fluidos que empapan.
(Des)dibujando los límites, las preguntas constituyen un dentro y fuera de este cuerpo/texto.
Lautaro, 21 de septiembre de 1971
Estimada Ximena:
Espero que esté bien de salud, no como su forastero jefe, que debe someterse a tratamientos de Calcibronat, Sedantol y otras yerbas inventadas por los curanderos del siglo XX.
Hay cosas que me preocupan bastante: una, que ud. esté en la oficina a horas de oficina, a fin de que no se siga hablando tan mal de nosotros; otra: yo no llené el dichoso formulario que llenaron todos los funcionarios ¿Podría ud. explicarle al burócrata correspondiente que estoy enfermo y ausente por prescripción médica y enviármelo aquí al sur? Otra más: que necesito cursar el permiso médico. Averígüeme si puede darlo un brujo de esta localidad o si no nuestro amigo Azael Paz.
Por último, me nombraron jurado para designar el premio nacional de literatura. Creo que el rector llama a reunión. Vea ud. entre las secretarias de tal personaje cuándo se celebrará ese machitún al que no debo faltar, y me avisa. Mi teléfono es 92, Lautaro.
Creo que de todos modos estaré los primeros días de octubre en ésa. Me siento mucho mejor, bien dormido y comido (hoy al almuerzo ensalada de digüeñes y longanizas de cerdo lautarino con papas de la misma localidad y chicha de manzana permitida hasta tomar a mi último sobrino de un año de edad)
Saludos a Waldo, a Campos, a los conocidos de siempre y por favor, cumpla con mis encargos y además cualquier cosa inesperada o urgente comuníquemela por teléfono o por telegrama a casilla 184 (Los telegramas también los transmiten por el invento de Graham Bell)
Jorge Teillier.
P.D: Murió mi pobre tío Jorge. Si va mi primo (al que de todos modos estoy tratando de ubicar) dígale que estoy en el sur y que quiero hablar con él de vuelta. Y que mi papá no puede dejar la zona porque su asunto judicial se ve esta semana. (541 días, al parecer le llegarán)
