lunes, 16 de enero de 2012

Acá la única obligación que tiene mi nana es que al ingresar a las 8 y media de la mañana y al retirarse a las 6 de la tarde lo tiene que hacer en un furgón. ¿Te imaginái acá en el condominio todas las nanas caminando pa' afuera; todos los obreros caminando por la calle y tus hijos ahí, en bicicleta?

(Inés Pérez Concha; vecina de Chicureo)

La Leo me crió. Llegó donde mi abuela cuando yo tenía 15 días, y se fue a mis 12 años; tiempo suficiente para jugar, conversar, reír y darme la leche con cuchara todas las tardes bajo un ciruelo al fondo del patio. También íbamos a la feria, al pan, al lavadero; y mientras ella planchaba la ropa escuchábamos canciones que tarareábamos de memoria.

La Leo me crió. (Criar es querer, escuchar, abrazar, decir que la madre volverá, que no importa que la abuela sea mala, y que la madre la quiere, porque la niña se porta bien y es la princesa de la casa)

Mi reducto siempre fue la cocina. La Leo formaba parte de mis rincones. Latí con ella, aprendí a cocinar, a buscar figuras en el vapor de las ollas; a oler el pan fresco y amarrar las bolsas con una lana roja. Cada vez que nacía un perrito, ella hacía un gesto y partíamos a ver la camada. Entonces, preguntaba cuál me gustaba y me lo ponía sobre la falda. En ese comienzo de orfandad, el cachorro buscaba a tientas, con los ojitos cerrados, y aprendí que no hay aroma más bello que ése. La Leo también era huérfana. Sus manos marcaban los nuevos comienzos.

En el lado inverso estaba mi abuela, de quien ni siquiera la muerte y las palabras me liberaron. Hace un año, mi mamá me llamó para contarme y yo me perdí, preguntándome a quién le tendríamos miedo ahora.

La Leo me crió. Durante mucho tiempo mi vida giró en torno a ella y viceversa. Cada vez que cumplo años me llama por teléfono. Entonces habla nostálgica. Dice que estamos viejas, pero que yo siempre seré su niñita. Me repite en silencio que es estéril. Porque a sus hijos el cérvix se los llevó para adentro, como si no quisiera verlos sufrir.

Ahora que lo pienso, la Leo fue una especie de sobrevivencia. Y no morí, ni me intoxiqué, ni me traumatizó su origen humilde. Todas las fracturas de mi biografía vienen por ese núcleo aparentemente intachable que tenía dinero para pagar sus servicios y darle la ropa que dejaba de ponerse. Parafraseando a José Donoso, una comienza a ser quien realmente es cuando tiene el coraje de independizarse de su familia.

1 comentario:

Proustitute dijo...

Provoca el vómito. Perdón pero me duele el desprecio, tan vil y naturalizado, hacia aquéllos que trabajan para, simple y grandiosamente, comer.